Llegue' a Buenos
Aires el dia dos de agosto y llovía. Después de cinco días todavía seguía
lloviendo.
Una lluvia fina y fría apenas un poco más húmeda que las nubes grises
apoyadas en los techos de los edificios. Me compre' una polera, porque venia
del verano del hemisferio norte, y la tenia siempre puesta bien cerca del
mentón. Caminaba mirando abajo, extremando mi cuidado para no pisar un
charco, en la cabeza tenia una gorra con visera que me obstruía la vista mas
arriba del segundo piso, mas o menos.
Me paseaba por la ciudad con el cuello encajado en los hombros por el frió.
Cuando no estaba en las calles me reparaba en una librería, una de las
miles, en un centro comercial, uno de los cien, o en un bar por un café o un
submarino, uno del millón.
Leía La Nación y Clarín para sentirme un poco mas porteño, por lo menos
temporário, mientras la gente alrededor de mi sacudía los paraguas o se
ponía a leer un libro sobre el Che o Evita. Tampoco la idea del calor
terrible que me decían que se sufre en el verano
podía calentarme un poco. En el restaurant pedía costillas y riñones en
porciones que hubieran satisfecho a un gaucho, pero nada, ni eso ni el vino
tinto me animaba.
No encontre la nota correcta para sintonizarme con la ciudad. |
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Soy yo, me
repetía, me falta algo, pero que. Luego, una mañana la lluvia termino' y yo
salí sin gorra ni paraguas. En aquel momento vi las cimas de los edificios,
vi las curvaturas y las torres y las ventanas espejadas y el cemento que cae
en pedazos y la pintura
lavada por la lluvia y la arquitectura futura de la nueva América Latina y
el Ochocientos europeo y el Novecientos triste y los faroles y los
omnipresentes hilos y antenas de la televisión.
Y también vi el cielo lindo de Argentina arriba de la Casa Rosada: blanco y
celeste como su bandera. Desde aquel momento vi la ciudad, la cual me fue'
largamente escondida por
las nubes y la visera. Desde aquel día, la luz y las nubes dieron una nueva
profundidad al cielo, he vivido Buenos Aires, aquella de la cual la gente me
había hablado y que yo soñaba de descubrir. Seguí paseando como hacia antes,
pero ahora me iba por las avenidas anchas cruzando plazas inmensas y grandes
parques,
me sentaba en los cafés que tenían mesitas en la calles, siempre mirando
hacia arriba.
El entusiasmo crecía poco a poco que me daba cuenta de la razón por la cual
esta ciudad este tan celebrada por su gente y por quien tuvo la buena suerte
de ver, por lo menos una vez, la belleza de el cielo arriba de las avenidas. |